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Agricultura Familiar
Argentina | Santiago del Estero | 10-02-2019

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PRODUCTORES LOCALES SE LANZAN A LA EXPERIENCIA ENOLÓGICA
Viñedos santiagueños, un emprendimiento que vuelve a recobrar el sueño del cultivo y la producción   
La experiencia de la finca María del Pilar, en Higuera Chacra.
El Liberal ( Argentina )
Alejada de las zonas templadas de Cuyo, en tierra santiagueña también se apuesta al cultivo de la vid para la producción de vino. Ese es el desafío que se impuso un grupo de emprendedores santiagueños, aunque por el momento incipiente, los primeros pasos con los cultivos y recolección del fruto están dados, mientras se afinan detalles para avanzar en la fermentación y elaboración final del producto.

Con la mente puesta en crear un producto fino y de calidad elaborado desde nuestra provincia, emprendedores locales apuestan a desterrar el mito de que en Santiago no se puede producir vinos. Con gran pasión y dedicación, la familia Luna en su campo de Higuera Chacra (Robles) y por otro lado, la Cooperativa San Benito con la finca Don Antonio en Villa Rio Hondo, son dos ejemplos palpables de tesón y afianzamiento en este tipo de producción.

La apuesta por el cultivo y la elaboración del vino en nuestra provincia tiene ribetes históricos y apasionantes. Se trata de una larga historia de 463 años y forjada por la labor de generaciones de mujeres y hombres que con el correr de los años, arraigaron y adaptaron las vides provenientes de Europa para cultivarlas en tierra santiagueña, muchas veces en las condiciones más desfavorables.

Sin dudas que el aporte de una gran corriente inmigratoria europea, conocedores del quehacer vitivinícola, posibilitó luego un cambio sustancial en el cultivo de la vid y dio un gran apoyo a esta industria. Los inmigrantes trajeron consigo nuevas técnicas de cultivo, otras variedades de vid aptas para la elaboración de vinos finos, que encontraron en nuestro país un hábitat ideal para su desarrollo, y la innovación de las prácticas enológicas utilizadas en las bodegas.

Aclimatar y adaptar los cultivos ha sido y sigue siendo un gran desafío para la nueva generación de productores, pero no un impedimento para encarar la producción del vino.

Un ambicioso sueño pisa fuerte en Higuera Chacra (Robles), en la finca María del Pilar de casi 3 hectáreas, donde además de los viñedos, la familia Luna se dedica a la explotación de otra clase de cultivos: manzanas, ciruelas, higos, peras y duraznos. Fue exactamente el 15 de octubre del 2012 cuando inició el proyecto de plantación de estacas de 4 variedades de uva para vinificar: Cabernet Sauvignon, Malbec, Sah y Petit Verdot. Desde el entorno familiar, explicaron que al notarse que en un año, “la adaptación fue mejor de lo pensado”, se continúo con la inversión y se implantaron más variedades: Bonarda, Torrontés Riojano y Tannat, como así también gran cantidad de plantas para uva de mesa, de variedades tales como: Superior, Red Love y Venus.

“Se trata de un proyecto integral, ya que aparte de uvas, también está en proyecto hacer aceite casero, porque se cuenta con una gran cantidad de olivos”, señaló Cristian Luna a EL LIBERAL.

El emprendimiento productivo se encuentra bajo el respaldo técnico del ingeniero Gylles Aroun, en lo que refiere al área de desarrollo vegetativo de las plantas, mientras que para el proceso de vinificación, está al mando del trabajo el enólogo formado y radicado en Mendoza, Juan Manuel Mallea. “Hace unas semanas se realizó la vendimia, siendo los primeros en cosechar la uva a nivel nacional, debido a nuestras condiciones climáticas, mientras que se encuentra finalizando el proceso de fermentación”, contó el productor.

Este emprendimiento familiar logró hace unos años un importante convenio con la Facultad de Agronomía y Agroindustrias de la Unse, con el fin de que alumnos de esta institución realicen la capacitación de recursos humanos, asesoramiento, comodatos, prácticas, ensayos, servicios técnicos y prácticas profesionales supervisadas (PPS).

“Desde la Bodega Finca María del Pilar, nos proponemos fomentar la industria vitivinícola de la región en conjunto con el desarrollo del enoturismo, atrayendo al turista, mostrando una propuesta diferente para todo aquel que nos visite”, explicaron desde la familia Luna, entre los grandes desafíos que tienen como emprendedores.

Experiencia de la vendimia 2019

“Lamentablemente no ha sido este el mejor año por las lluvias y cosechamos casi 1.500 kilos, que es poco, ya que la intención era lograr 3 mil kilogramos”, explicó el enólogo Gylles Aroun. “Por lo menos, lo que se ha podido cosechar, está fermentando y viene bien aromático, y la semana que viene veremos cómo va evolucionando”, ahondó.

En relación a la cuestión climática como posible impedimento para la producción vitivinícola, dijo: “Hay que trabajar mucho más comparado a la zonas de Cuyo, pero es posible. Se ha hecho mucho para mejorar la calidad de la uva y poder tener un buen vino”. Explicó que “con Eduardo Luna –propietario de la finca– tratamos de buscar otro inversor para que se desarrollen más viñedos.

Y esto es algo que lleva tiempo, porque se planta y se esperan dos o tres años para empezar, ya que los primeros tiempos las producciones no son las mejores, y hay que esperar que el viñedo se asiente”, resaltó. Este año se piensa avanzar en la siembra de 10 mil plantas, y la gran expectativa para los productores es “poder comercializar este mismo año, que al principio no sería a gran escala”, resaltó Cristian Luna. El enólogo Aroun analizó también el comportamiento de cada varietal para tener una producción de calidad.

“Si bien tenemos Malbec, para diferenciarnos y no competir con los mismos en las demás provincias, tenemos además Petit Verdot, y Marselan, un nuevo injerto que está poco difundido y se adapta muy bien al clima de Santiago”, resaltó, entre las variedades acorde al tipo de suelo y clima de la provincia. La bodega de la familia Luna está aprobada por el Instituto Nacional de Vinicultura e inscripta como bodega artesanal, mientras que se encuentra en trámite la etiqueta finca María del Pilar, como bodega artesanal.

La familia es consciente que la producción de la finca “es una fuente de trabajo importante”. Y a partir de los volúmenes producidos, son conscientes que de lograr el objetivo de imponer el producto del vino, podría tener en un futuro no muy lejano un alcance local y luego regional. Bajo esta premisa, los trabajos en el viñedo son incansables, y es todo un desafío seguir avanzando para consolidar el producto. “Hoy hay experiencias de viñedos en Córdoba, Mar del Plata, Entre Ríos –ejemplificó el enólogo en cuanto a experiencias encaradas– solo es cuestión de trabajar más.

Estamos buscando variedades para que el calor no afecte tanto a las plantas. Este año ha habido mucha lluvia, y a nosotros nos ha afectado un poco, al igual que todo el país”, dijo, al reconocer que si bien la calidad de la uva “fue buena, la cosecha de este año fue poca. La uva es muy plástica, y hay variedades que se adaptan en lugares donde hace frio y otras donde hace más calor. Este es un trabajo en el que es necesario conocer el suelo, el clima y el comportamiento de la planta”, recalcó Gylles Aroun.


Finas variedades de uvas para vinificar a la Villa Río Hondo
En la finca de don López, presidente de la cooperativa San Benito, se desarrolló hace 4 años la producción de vid, a partir de las variedades de venus, bonarda, malbec.

En su campo de 2 hectáreas, también se dan los primeros pasos para producir vino de mesa: red globe, flame seedles, suprema y torrontés. Don Antonio López proporciona los cuidados necesarios a los viñedos e inclusive la reproducción por estacas, variedades que fueron traídas de Tucumán y Catamarca, que pudieron adaptarse en el suelo de Villa Robles, donde también hacen tabacos y puros, como valor agregado, además de la experimentación de la mermelada de uva.

“Las uvas se adaptaron muy bien en la zona de Villa Rio Hondo, donde tenemos un clima seco, y se requiere de poca fumigación, sobre todo por algunas plagas de insectos, pero es mucho menos que en otros lados”, explicó Marcelo Oberlander, secretario de la cooperativa San Benito.

“Creemos que la cosecha de este año será fructífera, y decidimos hacer una prueba con vinos, la cual está en proceso de reposos, y seguramente las botellas saldrán hacia mediados de mayo”, adelantó. Consciente de la importante competencia de años de trabajo en la zona de Cuyo y alrededores, el objetivo de la cooperativa “es hacer un buen producto para que en el día de mañana, se pueda conocer nuestros vinos”, explica Marcelo.

“Un punto clave sería brindarnos al turismo, ya que al estar cerca de Las Termas, podemos en algún momento integrar el circuito turístico”, resaltó. En la cooperativa se encara un proyecto a largo plazo, pero se ven confiados en poder imponer un producto de calidad elaborado desde Santiago. “Falta adquirir tambores y tecnología para avanzar en un producto de calidad.

Es un buen inicio y vamos avanzando despacio, para poder hacerlo bien”, conto el secretario de la cooperativa San Benito y remata desafiando cualquier mala predicción: “Son tantos los tabúes que hay en torno del vino, de que debe estar en un clima frío para poder fermentar, pero nosotros en nuestra finca anduvimos bien, a pesar de los calores”, concluyó el productor.


Los primeros cultivos de viñedos en tierra santiagueña
Santiago del Estero fue fundado con ese nombre en 1553 por Francisco de Aguirre, enviado desde Chile por el mismo Pedro de Valdivia, luego de forzar a los hombres de Juan Núñez del Prado, provenientes del Alto Perú, a abandonar el cuarto asentamiento de la ciudad de Barco, establecida una media legua (unos 2,5 km) al sur de la actual capital santiagueña.

En 1556 el núcleo de españoles establecidos en la futura “Madre de Ciudades” conformaba una pequeña aldea que aún no contaba con un sacerdote que se encargase de los oficios religiosos. Los vecinos decidieron entonces ir a buscar uno a Chile, de cuya jurisdicción dependían. Los documentos mencionan a cinco conquistadores que, a fines de ese año, emprendieron la aventura; en cambio, como es habitual en estos casos, no registran a los guías y porteadores indígenas que fueron con ellos y, sin los cuales, el recorrido hubiera resultado imposible.

Tres décadas después, en un documento presentado para “demostrar los notables servicios prestados” por Santiago del Estero “en el descubrimiento y conquista de la comarca del Tucumán”, un testigo recordaba que ese viaje se hizo “con grandísimo riesgo de sus personas por ser todo lo más camino por tierra de guerra, de caminos asperísimos de cordilleras nevadas de grandísimos fríos e despoblados y este testigo lo sabe porque lo caminó cuando fue a Chile y así sabe que es un camino de todo extremo e peligroso, donde vio este testigo gran suma de indios muertos helados enteros sin corromperse ellos ni los vestidos por el gran frío e lo propio había gran suma de caballos muertos que se le murieron a don Diego de Almagro cuando fue al dicho reino de Chile”.

Luego de atravesar los territorios de lules y calchaquíes, “tierras de guerra” para los conquistadores hispanos, y cruzar la cordillera de los Andes, la comitiva llegó a comienzos de 1557 a La Serena, en la costa del Pacífico, donde logró mucho más que su objetivo inicial.

A su regreso, los vecinos de Santiago del Estero trajeron con ellos a un religioso, fray Juan Cidrón o Cedrón, y además “semillas de algodón e plantas de viña”, que resultaron “de mucho provecho … porque en la tierra no había más cultivos que de solo Máiz”.

Esta es la referencia documental más antigua que ha quedado sobre la llegada de la vid al actual territorio argentino, que luego tendría otras vías de acceso, desde Chile pero también desde el Atlántico y el Alto Perú. A medida que desde Santiago del Estero se fueron fundando las ciudades de la antigua Gobernación del Tucumán, la vid comenzó a difundirse por el actual noroeste y centro de la Argentina. Ya en el siglo XVII había producción de vinos y aguardientes en La Rioja y Córdoba; más tarde, según la tradición, las viñas llegarían a Salta, de la mano de los jesuitas, que introdujeron sarmientos desde el Perú y el Alto Perú.

Aunque no se conoce la fecha exacta, la vid también se introdujo en lo que era la avanzada de la conquista española en el este de América del Sur, el Paraguay. Es posible que se la haya traído por vía del Atlántico y tal vez atravesando lo que hoy es el sur del Brasil, y posteriormente quizá también del Alto Perú, donde a partir de vides provenientes del Perú se había iniciado su cultivo. Asunción cumpliría en el Litoral un papel similar al de Santiago del Estero en el Noroeste, como “Madre de Ciudades”.

Hay constancias de que para 1573 —el mismo año de la fundación de la ciudad de Córdoba, desde Santiago, y de la de Santa Fe, desde Asunción— el Paraguay producía unas 6.000 arrobas de vino. Medio siglo después, en 1627, las 127 viñas registradas alrededor de Asunción contaban con 1.778.000 plantas, y el vino que se elaboraba con sus uvas abastecía a las ciudades del Litoral.

Sin embargo, algunas décadas después esa producción decayó, e incluso en el Paraguay se consumían vinos de Cuyo, esa región que durante siglos pareció haber sido preparada para albergar y hacer crecer la vid.

Los italianos en Santiago, dedicados a la producción de azúcar y vino

La masiva llegada de inmigrantes italianos al país produjo la expansión del mercado interno y el auge de los negocios y la especulación producto del espíritu de lucro, mientras que paralelamente se sentaban las bases de una agricultura extensiva y una incipiente industria.

La gran masa inmigratoria arribada durante el último cuarto del siglo XIX y primeras décadas del XX, permitió afianzarse en el poder a los terratenientes latifundistas, descargando sobre los recién llegados el costo de la reconversión de la producción ganadera en agrícola.

Los principales contingentes de la inmigración italiana en la provincia de Santiago del Estero son indudablemente los que atrae en la demanda de empleo de las empresas que construyeron aquí la infraestructura ferroviaria. Coincidentemente, Amalia Gramajo de Martínez Moreno, en “Los italianos en Santiago del Estero” y Antonio Castiglione, en “Presencia italiana en Santiago del Estero” hablan de cuatro oleadas inmigratorias a la provincia que corresponden a la entrada de cuatro líneas férreas que a pesar de pertenecer a capitales ingleses eran construidas por técnicos y obreros italianos en su mayoría.

La irrupción de la migración de italianos a la provincia se producirá con el paso de la actual línea del ferrocarril General Manuel Belgrano (ese era su ultimo nombre en manos de la administración estatal) que concluye un ramal Córdoba – Tucumán en 1876 y entra a la capital santiagueña en 1884, fundando ciudades-estaciones en su camino en las que se radicaran numerosas familias italianas.

Estas ciudades son justamente Frías, Laprida, Villa San Martín conocida como Loreto y El Zanjón en el departamento Capital en la que se estableció una aspirante colonia de italianos, precursores de numerosos cultivos y de la industrialización de los mismos con la producción de azúcar y vino en establecimiento industriales propios


Los Mayuli y su bodega del Smata, el primer emprendimiento vitivinícola de Santiago
A fines del siglo XIX, llega a Santiago del Estero, procedente de la región de Calabria en la isla italiana de Sicilia, don Juan Mayuli. En tierra santiagueña, adquirió terrenos para sembrar plantas de membrillos, que con el correr de los años se conoció como los antiguos membrillares de don Juan Mayuli, hasta convertirse con el tiempo en el populoso barrio Smata, por iniciativa del gremio de los metalúrgicos que adquirió esos terrenos donde se construyeron casas.

Antes de convertirse en barrio, sobre esas 20 hectáreas que dieron los mejores membrillos de Santiago, don Juan comenzó a dar forma un nuevo sueño, con la elección de la materia prima y la tecnología necesaria para la producción del vino. Hasta que logró contactarse con productores mendocinos para traer estacas de las mejores variedades de torrontés, tinto y semillona.

En poco tiempo, el paisaje se transformó en una postal cuyana y con las primeras cosechas, logró el montaje de la más completa bodega que se recuerde en estas tierras y que constituyó un orgullo para Santiago del Estero.

En la actualidad, los vecinos del Smata observan sus imponentes ruinas, y las construcciones subterráneas donde maduraba el vino. Según señala Alejandro Yocca en su trabajo “Historias de Inmigrantes en Santiago”, el vino se vendía a domicilio y se transportaba en una jardinera especialmente acondicionada. El esplendor de las fiestas del Vinalar se medía entonces por la cantidad consumida de un tonel de vino local.